IA360: Plan integral español para el uso de la IA



El 21 de septiembre de este año 2026, el gobierno comunicó su intención de poner en marcha un plan integral para el despliegue responsable de la IA. Lo ha llamado IA360, suponemos que 360 porque supone implementar medidas en todos los aspectos: social, educativa, laboral, institucional. España se une a el resto de países europeos, con un marco común ya delimitado en el Reglamento Europeo de IA (AI Act). La idea es que ahora cada país articule medidas que caminen en una integración efectiva y segura de la IA el la gestión administrativa, la seguridad, el sistema educativo, el desarrollo empresarial y la innovación. 

El paso no es pequeño. Pasamos de observar el asunto con cierta cautela y recelo a reconocer que la IA está para que darse y que si no espabilamos, perderemos un tren de progreso esencial para el avance de cualquier país. La idea de que la IA es una herramienta sin más deja de ser válida. Se convertirá en un modelo sistémico, que vertebrará cualquier ámbito de nuestras vidas, desde la vida privada hasta el aprendizaje y el trabajo. Los servicios públicos, la administración, la seguridad nacional, la usarán como sistema interno de su arquitectura y procesos. 

Tarde o temprano afectará de forma directa a nuestras vidas. Ya lo está haciendo, aunque de forma embrionaria. El debate de la IA aún se sitúa en un plano inicial, de asimilación, con actitudes ambivalentes de rechazo y curiosidad. Sabemos de su importancia, pero no vemos aún su incidencia radical en el aprendizaje y el empleo. Los procesos productivos aún no incluyen sistemas de IA que requieran una formación auxiliar. Los currículos no integran la IA como pilar esencial desde el que integrar los conocimientos y competencias. La fase de prompteo persiste. La IA se percibe aún como herramienta más o menos resultona, pero conflictiva. La actitud defensiva crece frente a la proactiva. Se subraya la seguridad frente a la creatividad y la innovación. 

Por eso, este paso, tardío pero necesario, supone un reconocimiento explícito de que hay que empezar a tomarse en serio la IA como sociedad, y empezar a dar pasos hacia una asimilación de su inclusión inevitable en nuestra forma de aprender y trabajar. Supone además un reto nacional de innovación que debemos asumir si queremos ser competitivos en un nuevo ecosistema mundial en profunda transformación. Podemos negarlo, pero tarde o temprano nos afectará.

¿Qué es IA360? Un plan ambicioso, a largo plazo, que pretende poner las bases y los primeros pasos de lo que debiera ser una integración global y sistémica de la IA en todos los ámbitos de nuestra actividad diaria. Esto incluye el sistema educativo y su posterior aplicación a la capacitación profesional, la integración en los modelos de trabajo y la administración y gestión pública y privada. Esto es lo que desea ser. Otra cosa es cómo se llevará a cabo y qué impacto real tendrá en esos ámbitos de adopción. Generar normativas, dotar de recursos y facilitar no siempre es suficiente, y requiere de voluntad y tiempo, aclimatación, engranajes que solo con décadas acaban dando sus frutos, transformando hábitos y estructuras. En su contra, IA360 tiene a una ciudadanía poco entrenada en usos básicos de IA, con una imagen catastrofista alimentada en redes y a veces en medios oficiales. Además, los cambios estructurales no se dan con rapidez, requieren asentarse. No es previsible que esto suceda en menos de 10 años.

¿Cómo afecta el IA 360 a la educación? El primer objetivo es muy ambicioso y a la vez básico: alfabetizar en IA. Hasta ahora, el pacto educativo universal era que todo el mundo supiera leer, escribir y hablar con soltura, comprensión, criterio razonado. Ese objetivo aún persiste en la escuela. No es incompatible con este otro: saber usar con cabeza, creatividad y eficacia la IA en entornos de aprendizaje y trabajo. Pero supone un reto nuevo. Sumimos la competencia lingüística clásica como necesaria en el proceso de enseñanza, pero no la competencia tecnológica. Ésta nos parece un incómodo apéndice, a menudo artificial y no pocas veces contrario al desarrollo de destrezas básicas, enemigo del aprendizaje. Los gobiernos saben que esa actitud hay que cambiarla por pura necesidad ajena a nuestra voluntad, por las buenas (en la escuela) o por las malas (adaptándote cuando trabajes). No bastará en 10 años (quizá menos) con saber leer y escribir. Incluso estas dos habilidades esenciales serán afectadas por la revolución tecnológica de la IA. Ya está sucediendo. 

Por esta razón el objetivo es tan ambicioso. Pretende que toda la ciudadanía tenga conocimientos básicos de IA al igual que en las últimas décadas se ha intentado conseguir la llamada competencia digital. De hecho, es probable que este concepto mute y la IA se integre de manera invasiva en la competencia digital docente. Lo hará de forma muy desigual y lenta, como ha sucedido con la adaptación tecnológica del docente. La diferencia está en que la revolución de la IA está adquiriendo una dimensión más intrusiva aún que sus precedentes. No se reducirá a la capacitación en el manejo de herramientas y su uso en tareas educativas. Impacta de manera nuclear sobre el proceso mismo de alfabetización del estudiante y su forma de aprender. Sería un error reducir su inclusión curricular a crear un área de Inteligencia Artificial en las etapas de ESO y Bachillerato. No es suficiente. Debiera vertebrar la competencia profesional desde su médula. ¿Cómo enseñar sabiendo que la IA impacta sobre el mismo proceso de aprender? Esto requiere algo más que dermoestética curricular.

¿Qué ha pensado por ahora el gobierno? Formación e inserción curricular serán ejes esenciales. ¿Cómo? No sabemos nada por ahora. La formación ya se está impartiendo desde hace un par de años, con mayor acogida cada curso entre los docentes. Otra cuestión es qué formación ofrecer. ¿Un mero retablo de herramientas? El reto es saber qué hacer con ellas en el aula, cómo evaluar con IA. ¿Inserción curricular? No sabemos si será desde un área o de forma trasversal. No se intuye que por ahora afecte al modelo evaluativo formal. El modelo competencial entra lentamente y no sin fricción en las prácticas reales a pie de aula, incluso en la PAU. La IA no será menos. Corremos el peligro de que esa competencia se reduzca a manejo rudimentario de herramientas, sin un soporte curricular y una transformación de los métodos de evaluación. Ya pasó con la competencia digital básica. A esto hay que sumar una tendencia social al rechazo y prohibición de la IA y todo lo que tenga mediación de pantallas. Será una lucha dialéctica entre posiciones a veces extremas, y no carentes de intereses electorales. 

Por otro lado, la formación y el currículo deben modularse progresivamente de la enseñanza obligatoria a la FP y Universidad. Esta última requiere de una capacitación que trasciende lo rudimentario y que se adapte a entornos laborales, procesos de trabajo, nuevas formas de organización, gestión, uso de maquinaria compleja. En el fondo, el IA360 responde a una necesidad de adaptación a un entorno laboral en proceso de cambio tecnológico mundial. Irrumpe en en nuestras vidas sin pedirlo. Costará aclimatarse por su percepción como injerencia sin utilidad a corto plazo. 

Estamos acostumbrados a rutinas de aprendizaje y trabajo pre IA, y ésta aún se aplica de una forma residual, sin apoyo y criterios, en los hábitos cotidianos y educativos. Eso cuando se usa. Es probable que la capacitación profesional llegue antes desde las empresas, a través de cursos de especialización o adaptación tecnológica, que en el proceso previo de formación reglada. Los docentes de FP y Universidad tomarán en serio la necesidad de integrar la IA en sus enseñanzas cuando vean que las empresas la adoptan en los procesos productivos. Si no lo ven, dudo que tomen en serio ese cambio que perciben como impostado y en ocasiones agresivo y nocivo para el aprendizaje. Existen y seguirán existiendo por mucho tiempo velocidades diferentes entre uso cotidiano, aplicación empresarial y formación en las aulas. El plan IA360 corre el riesgo de ser más escaparate que realidad. Requerirá de algo más que invitación al cambio: incentivos económicos, ayudas a la innovación, reducciones fiscales. Las startups valientes y las grandes empresas con recursos la adoptarán antes. Ya lo están haciendo, y se oye poco en los medios. 

Lo poco que sabemos del plan IA360 es que tiene voluntad de implementarse a modo de alfabetización básica en las aulas. Se supone que en 10 años, las nuevas generaciones tendrían una formación suficiente para después integrarla en su formación profesional y en el ecosistema de la empresa donde trabajen. A su vez, se pretende integrarla en la administración pública y los servicios básicos.

¿Problema? Si no se piensa cómo transformar el sistema educativo a partir de esos objetivos, yendo a la raíz, es decir, la evaluación, esa alfabetización será como ducharse y ponerse después la ropa sucia. Un mero trámite como lo son hoy los puntos por competencia digital, estratificados en niveles al estilo del aprendizaje de las lenguas. ¿Cala en el aula? Pues muy poco. Porque persiste un modelo educativo que no se ajusta a lo competencial y cuya adaptación digital era ya antes de la IA muy débil y fragmentado. Además, el docente viene de serie muy cansado de esa alfabetización digital, con escasa fe en sus resultados, saturado del bombardeo mediático y con cierta tendencia a posturas regresivas, de cuidado de lo analógico como respuesta al exceso de información, casi siempre sesgada y polarizada. Además, los partidos políticos utilizan la educación como carnaza para ganar musculatura electoral a través de la dialéctica cultural. 

Por eso, soy escéptico sobre los resultados de este plan, por otra parte necesario y un buen motivo para llevar el debate a casas, bares y claustros. La idea de un plan que fluya desde la educación, pasando por los centros de formación profesional hasta las empresas y la estructura administrativa creo que es un tanto ingenuo. Acelerar la implantación en las empresas será la alarma más eficaz para que el sistema educativo espabile. Primero, en los centros de FP y Universidad, después en las escuelas e institutos, donde los objetivos a menudo están muy alejados de las necesidades de intrusión tecnológica y donde el maridaje con lo analógico es necesario para desarrollar destrezas cognitivas básicas iniciales. 

El flujo de implantación debiera ser al revés, de arriba abajo. Empresas - Formación profesional - Educación obligatoria. Incluso implantando un currículo donde la IA tuviera un papel nuclear, si después no se ve refrendado en las estructuras laborales, en los procesos de trabajo, los docentes no considerarán prioritario su tratamiento didáctico. Lo observo a menudo en la FP. Un estudiante estudia Administración de Empresas, con un currículo pre IA, con un profesorado sin formación adecuada en el uso didáctico de la IA en las tareas de ese sector, y al llegar a las prácticas de empresa, no ve IA por ningún lado. ¿Resultado? Imaginable. 

Entiendo que el gobierno quiera abordar esta transición tecnológica atacando todos los frentes a la vez, pero no caminarán a iguales velocidades. El sistema educativo obligatorio es lento, requiere lentitud, asimilación, paciencia. El mundo laboral, no. Se enfrenta a un tsunami progresivo de transformaciones virulentas, que afectarán antes a algunos sectores que otros, pero que llegarán a todos. Pensemos en 10 años vista. El que escribe no estará en activo por entonces, pero no hay que ser muy avispado para ver la hierba crecer. Cuando debato de esto con mis compañeros más jóvenes me miran como si un loco hablara desde un futuro imaginario y exagerado. Soy Ramón, el de la IA. Un mote cariñoso, esperable, pero que revela la IA a cierta distancia, con curiosidad, cada vez con la escéptica intuición de que la IA te alcanzará, pero no ahora. Mientras tanto, uno hace en el aula lo que puede y como ha aprendido. La física mecánica es clara al respecto: un cuerpo no es movido si otro cuerpo lo mueve o él mismo tiene un motor que lo pone en funcionamiento. 

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