ChatGPT se renueva: del prompt al agente
Estos días, OpenAI ha sacado a la luz una interfaz con herramientas y modelos nuevos. Este cambio no es superficial. Supone el paso de la IA conversacional a una agéntica, que diseñe y automatice tareas. ChatGPT se vuelve más oral, más autónoma y con más capacidad. Aquella IA basada en el prompt de múltiples iteraciones secuenciadas en una larga conversación da paso a otra en no es necesario tanta iteración, ya que te guía en el proceso de forma automática hasta dejar lista la tarea. Y no solo esto. La IA ya no solo genera tareas rutinarias. Construye, crea, realiza acciones autónomas a partir de instrucciones previas programadas. Dejas que trabaje y cuando esté listo te avisa. Y todo ello lo puedes hacer en modo voz.
Comparto un mini tutorial de esta nueva interfaz de ChatGPT, que trasciende el límite de lo conversacional para invitarnos a un uso más automatizable.
Vídeo creado en Google Vids
Esto cambia la forma de usar la IA y a su vez marca una brecha importante de usabilidad. La cuenta gratuita está muy limitada, tiene escaso alcance y profundidad. A mínimo que la pruebes, más pronto que tarde se te queda pequeña. Este reciente paso de OpenAI marca una mayor distancia entre los modelos de pago y el gratuito. La ingeniería social actúa con cuentagotas medidas. No es casualidad que en noviembre de 2025 sacaran Go, su versión low cost, a 10€. De esta forma, las distancias entre modelos facilitan la toma de decisiones del usuario hacia modelos de pago, sin notar una inversión personal relevante de un modelo a otro.
La misma decisión de OpenAI con ChatGPT la está tomando o tomará el resto de empresas, como Google o Anthropic. El usuario personal o profesional, de menudeo no intensivo ni asociado a una empresa, notará cada vez más que el modelo gratuito se le queda pequeño. Como cuando te dan a probar una degustación minúscula antes de decidir si llevarte la docena de pasteles. Muchos usuarios seguirán probando la degustación porque no han incorporado la IA a sus rutinas y la usan de forma residual y esporádica. Un porcentaje de ese perfil de usuario, no sabemos si significativo, se pasará a opciones de pago. El modelo Go de 10€ pasará a ser percibido con el tiempo como su hermano pequeño gratuito.
Un proceso de aclimatación tecnológica similar tuvo lugar con los móviles. De ser herramientas para adultos específicos —viajantes y camioneros— pasó a ser un objeto esencial para adultos y jóvenes. Móviles e IA comparten una característica similar: se incorporan a rutinas de comunicación y trabajo, haciéndose gestionables, pero imprescindibles. Quizá con la IA aún no veamos esa inmersión intrusiva porque estamos en una fase embrionaria, pero la linde marca el camino. La inserción en procesos de gestión y producción será la puntilla. Solo falta que sean seguros. 2026 y 2027 serán los años de la seguridad agéntica. Es cuestión de tiempo que nos pase lo que sucedió con los cajeros automáticos. Confiar en el dinero de plástico no fue rápido ni fácil, y hoy las nuevas generaciones pagan con sus relojes y móviles. Cuando esa aclimatación se asiente en las costumbres cotidianas, la IA pasará a ser una herramienta más de uso generalizado. Con sanas resistencias y controles, pero inevitable.
Existen modelos de IA con capacidades muy variadas en función de su potencial uso o contexto. Entre otros muchos perfiles podríamos diferenciar estos más relevantes:
- El ciudadano que recurre a la IA para consultas puntuales, dudas prácticas o necesidades muy personales. Su interacción suele limitarse al prompt de menudeo: preguntar, resumir, traducir, buscar ideas o resolver pequeñas tareas. Habitualmente utiliza una cuenta gratuita.
- La persona que emplea la IA en su trabajo, pero de forma esporádica y vinculada a objetivos concretos: redactar un documento, preparar una presentación, crear una tarea, resumir información o generar materiales. Este perfil suele dar el primer salto desde la cuenta gratuita hacia un plan básico de pago.
- El usuario que quiere comprender mejor la herramienta, experimentar con ella y adaptarla a necesidades más complejas. No se limita a pedir resultados: diseña flujos de trabajo, crea asistentes, combina herramientas y busca mayor profundidad. Suele recurrir a planes como ChatGPT Plus, Gemini Pro u otras opciones equivalentes.
- El autónomo o la pequeña organización que incorpora una cuenta profesional de IA generativa para reducir carga administrativa y centralizar parte de su gestión: documentación, presupuestos, seguimiento de clientes, comunicación, análisis, planificación o burocracia interna.
- La empresa que contrata a una startup o proveedor especializado para implantar un sistema interno de automatización. Estos servicios conectan agentes de IA con procesos concretos como facturación, atención al cliente, recursos humanos, gestión documental, ventas, informes o soporte interno.
- Las grandes organizaciones que trabajan con modelos de frontera y los someten a exigencias extremas de rendimiento, seguridad, integración y escala. Aquí la diferencia no está solo en el modelo, sino en la ingeniería fina que permite adaptarlo a sistemas complejos, datos internos y procesos críticos.
- Equipos públicos y privados que utilizan modelos de frontera para acelerar descubrimientos, explorar hipótesis, analizar grandes volúmenes de datos, diseñar experimentos o resolver problemas científicos y técnicos de alta complejidad. En algunos casos, estos usos contribuyen a avances significativos.
- Gobiernos, fuerzas armadas y empresas del sector de defensa que aplican la IA a inteligencia, simulación, logística, vigilancia, ciberseguridad, disuasión y planificación estratégica. En estos contextos, la tecnología puede utilizarse tanto para la defensa como para aumentar la capacidad de intervención o agresión en conflictos.
Comparando unas con otras, la IA gratuita es un tirachinas con agujeros. Lo es incluso para quienes pagamos por un uso individual. Y aún así, a mínimo que la uses la IA generativa con frecuencia y la pongas a prueba, apreciarás mejoras sustanciales que la separan de sus primeras versiones. La primera frontera significativa de uso se aprecia cuando pasas de usarla como chatbot conversacional a diseñar tareas y proyectos adaptados, cada vez más complejos. La segunda, cuando te animas a aprender a usarla como agente que automatice ciertas tareas o rutinas.
El perfil medio de docente que usa IA está aún dentro de la primera frontera. ChatGPT gratuito y uso rudimentario. A menudo se da el caso que la IA de su centro educativo es de mejor calidad que en su vida privada. ¿Usos? Consultas, tareas sencillas de aula y gestión documental. Este uso limitado provoca una sensación de que la IA puede hacer menos de lo que creemos, que se sigue equivocando y es enemiga del aprendizaje, ya que esperamos que haga lo que queremos por ciencia infusa, sin las directrices previas y detalladas del usuario y con un modelo gratuito limitado. Se nota mucho cuando en las redes sociales un usuario critica a la IA desde el desconocimiento o un uso muy rudimentario y limitado, a diferencia de quien se forma, la usa con cabeza y percibe las posibilidades y limitaciones a partir de la práctica y no de las expectativas o el ruido mediático.
Este último mes, las empresas más importantes de IA generativa están desplegando modelos que empiezan a establecer una fina, pero importante frontera de uso y capacidad entre la conversación y la automatización, el prompt y el agente. Este paso se está dando más en el ámbito empresarial que en el privado y educativo. La aclimatación es más lenta en la vida cotidiana porque las necesidades son primarias y suficientes.
En el ámbito educativo, el despliegue de agentes de IA avanza con más lentitud porque exige niveles elevados de seguridad, privacidad, trazabilidad y control institucional. Sin embargo, la barrera ya no es principalmente técnica. Hoy es posible implantar en cada centro educativo —o en una infraestructura compartida por varios centros— un entorno privado y seguro, con acceso restringido, datos protegidos, modelos alojados o conectados bajo control institucional y guardarraíles adaptados al contexto educativo.
Ese tipo de infraestructura podría automatizar una parte importante de la burocracia y de la gestión administrativa: elaboración de informes, organización documental, atención de consultas internas, seguimiento de incidencias, generación de comunicaciones, análisis de datos, apoyo a la planificación o tramitación de procedimientos repetitivos.
La lentitud de muchas administraciones educativas no se explica solo por limitaciones tecnológicas. También intervienen una comprensión incompleta de las posibilidades reales, el temor a incumplir la normativa, la falta de formación técnica y estratégica de quienes toman decisiones, la ausencia de perfiles intermedios capaces de traducir las necesidades educativas en soluciones tecnológicas y una cultura administrativa orientada más a evitar riesgos que a diseñar entornos seguros de experimentación.
La incorporación de la IA a la educación no sigue un proceso común. Avanza a tres velocidades distintas, cada una con sus propios ritmos, riesgos y lógicas, y con muy poca conexión entre ellas.
- La de uso cotidiano de estudiantes y familias. La IA entra en casa y en los dispositivos personales con enorme rapidez, pero a menudo sin pautas claras, sin formación crítica, sin acompañamiento adulto, sin control parental suficiente y sin criterios compartidos sobre privacidad, veracidad o dependencia. Es el espacio más veloz, pero también el más desregulado.
- La de docentes que intentan incorporar la IA a su práctica profesional. Con frecuencia, este avance depende de iniciativas individuales, formación autodidacta y experimentación personal. Paradoja: muchos profesores ya exploran usos complejos de la IA, pero trabajan en centros donde esta sigue siendo casi inexistente como recurso didáctico, organizativo o institucional. Es una velocidad intermedia, fragmentada y sostenida más por el compromiso personal que por una estrategia de centro.
- La de las administraciones educativas. Su respuesta suele ser lenta, defensiva y condicionada por el miedo al riesgo, la incertidumbre jurídica y la falta de conocimiento técnico. En lugar de construir entornos seguros de experimentación, muchas instituciones optan por esperar, restringir o aplazar decisiones. El resultado es que la regulación llega después de los usos y la formación llega después de los problemas. Es la velocidad más lenta, aunque debería ser la que organizara y conectara las otras dos.
El problema no es solo que cada ámbito avance a un ritmo diferente, sino que lo haga sin coordinación. La IA privada crece sin orientación. La innovación docente crece sin respaldo. La respuesta institucional llega tarde y, a menudo, en forma de cautela o prohibición. La tormenta perfecta.
Por otro lado, tampoco existe una reflexión compartida que determine el papel de la IA generativa en el ámbito educativo, y cómo afecta y debe insertarse en los procesos de enseñanza y aprendizaje. Por ahora, las administraciones regulan a partir de papers nacionales, y estos adaptando la normativa europea. Mero papeleo, sin sustrato práctico en la realidad del aula. Mientras tanto, los estudiantes van modelando su propia cultura de uso de la IA ajenos a lo que ven en los centros educativos y el ámbito profesional va poco a poco transformando procesos de trabajo donde la IA tiene un progresivo e importante papel. Por otro lado, en los espacios educativos va ganando terreno una percepción negativa de la IA generativa, con defensa de estrategias defensivas en vez de proactivas. En redes sociales, ganan por goleada quienes vaticinan el apocalipsis frente aquellos que comparten las posibilidades de uso.
Tiene su sentido: es más fácil y cómodo quejarse desde una atalaya pasiva que probar y descubrir los límites y ventajas, los peligros y posibilidades de uso. Esta percepción negativa cala en las familias, quienes por otro lado se encuentran entre dos frentes contradictorios: por un lado, están invadidas por los vaticinios milenaristas, y por otro, sus hijos y ellos mismos usan la IA a destajo. Hay que volver al libro en papel, la hoja en blanco y el bolígrafo, proclama el pandemónium mediático. Pero después, en casa y en la calle, los adolescentes pasan 8 horas o más delante de una pantalla, sin diversificar las fuentes de su ocio e intereses.
Estas contradicciones no son patrimonio del ámbito privado. También atraviesan la esfera de lo educativo, donde la percepción negativa de la IA convive con la inevitable necesidad de enfrentarse a un escenario que impele a formarse y actuar.
La IA agéntica aún tardará en integrarse en los dispositivos móviles y ordenadores. Los estándares de privacidad y seguridad europeos son prudentes y garantistas. Pero cuando lo haga supondrá un salto relevante en los hábitos cotidianos de los estudiantes. Oralidad y automatización de tareas protagonizarán las costumbres más allá del aula, influyendo en la cultura de trabajo y percepción de la educación. Las instituciones educativas, y con ellas el docente, no podemos vivir de espaldas a esto. Hay que dialogar, formarse y reformular la evaluación.


Genial aportación, somos muchos los docentes que queremos sacar el máximo provecho, pero el centro docente y la Administración demandan otras velocidades
ResponderEliminarGracias, Víctor, por leerlo y comentar. Saludo y buen verano.
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