IA y Educación: entre el mito y la realidad


Imagen generada por ChatGPT con prompt humano

Imagen maniquea y simplista del impacto de la IA en Educación

He leído un extenso artículo acerca de la mejora de los modelos de IA y su impacto sobre el empleo. A diario leemos y escuchamos noticias que con más alarmismo que calma y rigor dibujan escenarios alejados de lo que en el trabajo, la calle o las aulas podemos percibir. 

Ese escenario preapocalíptico puede empezar a observarse en entornos laborales de grandes empresas tecnológicas, pero si nos ceñimos a la realidad de, por ejemplo, España y más concretamente Extremadura -donde vivo-, el impacto de la IA en los procesos de producción y el empleo es aún escaso y residual. Esto provoca que las pequeñas y medianas empresas, grueso del capital de trabajo en España, no observen la IA como un peligro inminente y por tanto no se sienta como necesaria una formación específica, inversión en innovación y cambios en los modelos de producción. 

(Comparto un enlace con infografías que sugieren posibles impactos de la IA en algunos grados de FP Superior y Universidad.)

En el ámbito educativo, los currículos no incluyen la IA de forma significativa en los contenidos y prácticas. El sistema educativo aún sigue adoptando una estrategia defensiva, en vez de creativa. La ciudadanía no observa ese impacto, más allá de los asombrosos sistemas automatizados de Amazon y otras mega empresas, con robots en grandes naves sin luz. La percepción de riesgo es escasa, incluso escéptica. El miedo es cauteloso y latente, no explícito.

Un catalizador de percepción de riesgo podría ser la observación del impacto de la IA en los grados universitarios y de FP Superior de ingeniería, tecnología o salud. Aún no se percibe preocupación porque no afecta a los currículos o a los procesos de enseñanza, ni en la didáctica ni en la maquinaria que se utiliza en los talleres. El desinterés institucional es manifiesto. Los currículos están obsoletos, necesitan un nuevo encaje en realidades que a medio plazo requerirán un engranaje por pura necesidad. Las instituciones públicas siguen adoptando enfoques exclusivamente defensivos, centrados en la ética, la seguridad y la privacidad, sin afrontar perspectivas más proactivas. El Ministerio de Educación no es consciente de la necesidad de adoptar cambios sustanciales en el sistema educativo ante una aceleración de rutinas de comunicación y trabajo que acabará influyendo en la ciudadanía. Las distopías crecientes que observamos los docentes en nuestras aulas parecen solo la punta de un iceberg que crece exponencialmente y que requiere no solo de estrategias a pie de aula, sino una reconfiguración estructural de la Educación. Algunos países más adelantados en este proceso de cambio tecnológico ya son conscientes de ello y empiezan a dar pasos en esa dirección. 

Esta necesidad contrasta con el tímido ronroneo que se oye en el foro mediático, sin la sensación de tener que responder de forma inmediata a una previsión de riesgo plausible. Además, esta tenue preocupación, en vez de dirigirse a afrontarla con medidas creativas, se suele expresar bajo la forma de un tajante prohibicionismo que oculta los verdaderos retos a los que nos enfrentamos familias, docentes, estudiantes y trabajadores. Es más fácil y barato legislar en secano que invertir en futuro. Los cambios tecnológicos corren a una velocidad que los tiempos legislativos internacionales no pueden seguir. Se generan normas sobre escenarios obsoletos. 

Esa misma percepción de velocidad empieza a observar el docente de Secundaria y Universidad. Incluso los docentes de Primaria comienzan a percibir cambios culturales de uso de la tecnología en menores de cada vez menor edad. El mantra de "no comprende", "no se centra en la tarea", no es solo un espejismo. Responde a realidades cotidianas en el aula, que si bien no pueden generalizarse, son preocupaciones compartidas por docentes con formas diversas de entender la enseñanza. Empieza a poner dibujarse un perfil del estudiante contemporáneo en la era de la IA, que amplifica las casuísticas ya generadas desde otros usos tecnológicos previos a la irrupción de ChatGPT. 

Después de más de 3 años de la aparición de estas herramientas, las generaciones más jóvenes, que nacieron con IA generativa en el bolsillo, ya empiezan a asentar hábitos de uso tanto en su vida cotidiana como escolar, que irremediablemente afectan a la forma de aprender. La percepción de inmediatez de la información en herramientas de IA generativa, sumado al uso como fuente acrítica, enciclopédica y terapéutica, son algunos de los más evidentes efectos de la IA sobre el estudiante. Una amplia mayoría -por no decir todos- usa ChatGPT como IA generativa cotidiana. Canva para crear presentaciones y editar vídeos. El resto, apps en móviles adaptadas a necesidades específicas y de uso residual. Cada consejería de educación posee contratos con tecnológicas como Google o Microsoft, con sistemas capados, que aseguren un mínimo de seguridad y privacidad, pero que el estudiante no usa al salir del centro educativo. 

Los hábitos de uso cotidianos difieren mucho de la intencionalidad y prácticas en el aula, generando una disociación infértil. Creemos educar en el uso inteligente y creativo de la IA generativa, pero tan solo arañamos la superficie de un impacto cada vez más profundo en las costumbres y hábitos cotidianos de los menores. Y cuando se aborda este asunto, suele hacerse desde un paternalismo que el estudiante percibe como inútil, a menudo beneficioso para él, ya que se da cuenta de que los docentes, aún novatos en el uso de la IA generativa -más novatos que ellos- no saben cómo usarla. Esto alienta dos de las conductas más recurrentes en estudiantes de Secundaria y Universidad: 

  1. Usarla para copiar y pegar.
  2. No usarla si requiere esfuerzo y un proceso pautado. 

Los docentes podemos imaginar que el estudiante usa la IA generativa para todas las tareas de aula, pero no es así. Son muy selectivos. Si la tarea es fácil de reproducir a través de una IA, lo hará si no está motivado, no le interesa el asunto tratado o está agobiado. La mayoría de los casos, dirá el docente. Quizá sea así, aunque no lo podemos asegurar. El estudiante mantiene una celosa discreción al respecto. Se cubren las espaldas entre ellos. Pero a mínimo que escarbes en estos hábitos y adoptes otras formas de evaluar, estas prácticas supuran. En mi caso, suelo adoptar una estrategia de campo abierto. Les enseño a usar la IA generativa de formas diversas: para copiar y pegar, para consultar, para guiarse, para pautar tareas, para investigar... El grado de autonomía y delegación a una IA depende de lo que pretenda con la tarea. Y ellos lo saben. Les informo antes, durante y después de la tarea. Les aporto pautas de uso, les aconsejo, lo hablamos en clase. Delego mucho, luego no aprendo. No aprendo, no saco buena nota. Mi método de trabajo subraya el aprendizaje significativo, evita el copia y pega en las tareas donde el estudiante debe pensar lo que hace. Y aún así los resultados son humildes, porque las inercias y cultura de trabajo del estudiante están ancladas aún en la reproducción mecánica de contenidos, la memorización pasiva y la resistencia a todo lo que exija un proceso de asimilación profunda: lectura comprensiva, esquemas de contenido, resumir, analizar, relacionar, argumentar...

El sistema educativo está aún ligado a modelos de evaluación que priman una enseñanza susceptible a ser reproducida por una IA generativa. Incluidas las pruebas externas en Secundaria (PAU), de cuatrimestre o fin de carrera en la Universidad, o de oposición para acceder a un puesto de trabajo. Todas las puede emular una IA. 

El estudiante inmerso en este nuevo escenario tiene a veces la sensación de que la escuela no le aporta apenas nada, salvo un título que las previsiones de futuro ni siquiera pueden asegurar. Recuerdo hace unos meses, mientras estaba en una librería, a unas adolescentes de 2º de Bachillerato que comentaban cerca de mí la inutilidad de asistir a las clases de Lengua y Literatura. Se quejaban del docente y aseguraban que si se prepararan la asignatura en casa, sin asistir a clase, es probable que sacaran un 10 en la PAU. Por lo poco que pude argüir, eran estudiantes competentes, de entorno acomodado y motivadas. No interpreté que quisieran escaquearse. Más bien reflexionaban sobre lo que realmente aporta el Bachillerato a sus expectativas. Esto me hizo pensar sobre el modelo de enseñanza que podemos ofrecer a estudiantes altamente motivados. Y no solo eso: qué hacer en la era de la IA con aquellos que se desmarcan del sistema, a los que afecta sin duda de forma más distópica. Preguntas de difícil encaje a día de hoy, bajo el fuego cruzado de un momento histórico en transformación creciente pero lleno de incógnitas e incertidumbre más que certezas y soluciones efectivas. 

Da igual con qué docente hables, apocalíptico o integrado, todos compartimos una cierta sensación de estar ante un escenario complejo donde la escuela se dibuja como un laboratorio de futuribles, una antesala de lo que vendrá y nadie adivina. Marcada por la experimentación constante en terreno pantanoso. ¿Qué hacer? No hay fórmulas milagrosas, ni siquiera fórmulas que achiquen el agua que se escapa a borbotones en una nave a la deriva. No es pesimismo. Te lo aseguro. Soy optimista en mi aula -debo serlo sí o sí-, pero escéptico respecto a las soluciones globales, la voluntad de las instituciones educativas, el impacto de escenarios no tan lejanos sobre los jóvenes más vulnerables. Nadie sabe qué hacer que no esté plagado de dudas, incertidumbre, resultados perecederos. Tengo la sensación de cortoplacismo, de no reaccionar a no ser que el agua te llegue al cuello. De adoptar medidas sobre la marcha, resultado de la reacción a lo que vaya llegando. 

Y todo esto dentro de un debate aún frentista en el foro educativo, en vez de uno que busque consenso y acciones compartidas. Todo cambio tecnológico, más aún aquel que hiera de muerte las formas asentadas de comunicación y aprendizaje, es enfrentado, por mera protección ante la incertidumbre, con recelo, miedo, incluso rechazo. ¿Qué será de la lectura? ¿Seguiremos escribiendo? ¿Cómo afrontar esto ante el aumento de la oralidad en herramientas de IA generativa? ¿Cómo procurar conocimiento y no mero contenido? ¿Cómo seguir ofreciendo el mismo vino en odres nuevos, que influyen en su sabor y calidad? ¿Llegará el estudiante de un futuro inmediato al mundo laboral con una formación mínima ilustrada que le enfrente con habilidades críticas y creativas a las distopías de su presente? La confusa profusión de interrogantes a los que nos enfrentamos no debería paralizarnos. Más bien, lo contrario, animarnos a reflexionar, seguir dialogando y encontrar sendas nuevas. Juntos. Este camino es imposible hacerlo solos, cada cual en su aula, en su parcela de soledad. ¿Te apuntas?


Resumen visual generado por ChatGPT con prompt humano


Comentarios