¿Por qué empatizamos con la IA?
Antes de leerme, te invito a escuchar el vídeo que hay en la parte inferior de este texto.
La ponente, a mi juicio, tiene razón a medias. Es un soliloquio visto desde fuera. No así cuando la usas. El observador percibe a una persona hablando con una herramienta que le da un feedback eficaz y empático. Ese feedback puede generar una transferencia emocional, que casi siempre dura lo que la conversación, salvo casos de soledad o vulnerabilidad. Recuerda a Tom Hanks hablando con un balón al que puso de nombre Wilson. Sabes que hablas con una máquina, aunque durante ese instante tu actitud sea similar a la que adoptas cuando hablas con otro humano.
Si la consulta es técnica, el usuario con más facilidad puede actuar con frialdad ante la IA. Le pide y se va. La usa y la deja. Si por el contrario, la utilizamos para conversar o generamos un prompt que trascienda la mera utilidad, entonces humanizamos nuestra relación con la IA. Nos acostumbramos a antropomorfizar la experiencia. Es un mecanismo natural. Lo hacemos con otros objetos cotidianos, y con mascotas. Cuando vamos al cine, nos creemos lo que vemos; si no lo hiciéramos, no disfrutaríamos de la película. Una vez fuera de la sala, pese al halo de verdad que nos deja, sabemos que lo que vimos es una ficción.
La transferencia emocional es mayor si activamos el modo de voz que el de texto. Se pone en funcionamiento el sistema de neuronas espejo cuando oímos o vemos a alguien, no tanto cuando le leemos. Sí es posible una transferencia al leer una historia novelada. Imaginamos al personaje y le ponemos rostro, voz a través de la ficción. Es más común decir gracias a una IA en modo voz que en texto. Cuando escribimos, nos centramos más en la tarea y su resolución. Con la voz, la tentación de adoptar actitudes empáticas hacia la IA son más recurrentes. Igualmente, la empatía es más profunda cuando la persona está presente a cuando hablamos con ella por videoconferencia. Y el vídeo no genera igual reacción emocional si es en directo o escuchado en diferido. Pero tendemos a humanizar nuestras interacciones cotidianas con las cosas que nos rodean. No es esquizofrenia. Tan solo denota nuestra natural tendencia a empatizar. Es venial si no disociamos, no somos conscientes de ello, o si se convierte en la única y constante forma de relacionarnos.
Si un día la robótica llegara a prosperar en el ámbito doméstico y tuviéramos en casa robots con apariencia humana, que se mueven y hablan como humanos, ¿llegaríamos a adoptar esa misma actitud? Sin duda. Es muy difícil evitarlo, aunque sepamos que no estamos interactuando con un humano. Podríamos educar nuestra conducta y llegar a adoptar un tono más formal y pragmático con los robots, pero aún así no dejaría de tener elementos empáticos por mera transferencia.
Entonces, ¿dónde está el problema, por qué nos inquieta esto? Quizá porque no nos fiamos de nuestra cordura aunque seamos adultos racionales. O porque el futuro y la rapidez con la suceden los avances tecnológicos nos apabulla, sin tiempo a masticarlo.
Otra cuestión muy relevante es la educación emocional de los menores, acostumbrados a tener relaciones interpersonales mediadas por una pantalla. ¿Añade la IA generativa un plus de inquietud a esto? Sin duda. Los jóvenes tienden a empatizar aún más porque viven una etapa vital donde la convergencia con los iguales es necesaria para su desarrollo emocional y donde las distopías digitales a las que se enfrentan les obligan a confrontar emociones contradictorias y peligros añadidos, que solo se resuelven dentro de ese ecosistema, nunca fuera. Lo digital es una placenta esencial para no quedarse fuera. Así se hacen amigos hoy, dicen, y tienen razón.
Esto no elimina la necesidad de relaciones de proximidad, más allá del menudeo digital. La naturaleza humana es la misma hace siglos, ayer, hoy y mañana, con IA o sin ella. Abordar esto en el aula, en las casas y en el barrio es un reto esencial. Dar nombre a lo que nos pasa, confrontar actitudes y conductas con la de sus iguales. ¿Por qué usar la IA como tu amigo, pareja o psicólogo si puedes tener en carne y hueso a los tres? Los adolescentes te responderían: Porque no es tan fácil tener amigos o pareja en estos tiempos, y porque un psicólogo es caro o solo puedes consultarle una vez al mes o cada 3 o 6 meses. Cuando no hay lomo, tocino como. La soledad, la impotencia, la dificultad de tener relaciones sanas de proximidad lleva a buscar placebos digitales. Además, es muy atractivo. No te lleva la contraria y está disponible 24/7. Mirar a los ojos, cara a cara, escuchar sin juzgar, atreverse a confesar emociones... destapa inseguridades, exige un ejercicio de fortaleza que requiere práctica y coraje. Es el viaje de la vida que todos debemos transitar y que a estas generaciones le exige un extra de esfuerzo.
La educación sentimental, que diría Stendhal. Para este escritor, no aprendemos desde la teoría. Requiere experiencia, biografía, y eso supone echar a andar, equivocarse: fascinarse, dudar, asumir el conflicto, desengañarte, madurar. Esa maduración es la que permite que la transferencia que una IA puede generar en nosotros no se convierta en espejismo acrítico o aislamiento social. Y si lo hace, no juzgar ni criminalizar a quien así se comporta. Comprenderle y apoyarle, ser parte de su red de proximidad, estar cerca, restando espacio y tiempo a la compañía que aporta una IA. Un reto que no podemos asumir solos.

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