Perfil de uso de la IA generativa en estudiantes y docentes


Imagen generada con IA

Era de esperar, y que lo haría sin nuestro permiso, abruptamente, sin medición de criterios que atemperen su uso. El INE ha publicado su Encuesta sobre Equipamiento y Uso de Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC) en los Hogares (2025) y en ella dedica un apartado al uso de la IA generativa. El grupo de 16 a 24 años es el que más la usa; lo hace también fuera del aula, y mucho, un 53%. El uso educativo (59,3%) no específica si es dentro del aula o en casa. Podemos hacernos una idea: fuera de casa. Ajenos a las instrucciones, guía y evaluación del docente. Los porcentajes son más modestos cuando observamos el uso que hacen los adultos de la IA generativa. Una diferencia significativa e ilustrativa de las dos velocidades de su impregnación en la cultura de ocio, comunicación y trabajo. 


El perfil de uso entre estudiantes adolescentes (y no tanto) es fácilmente delineable. Lo usan sin mediación del docente, selectivamente, para búsqueda, resumen, análisis, resolución de tareas diversas, casi siempre las que requieren solo copia y pega. En la mayoría de los casos, la IA "le hace la tarea" toda o casi toda, a no ser que el estudiante sepa hacerla por él mismo o le requiera menos tiempo que la consulta con IA. Si la tarea es compleja, con muchos pasos en la resolución, y la IA no le da la respuesta rápida y eficaz, desiste, o hace un torpe pegado sin contexto. Suelen mentir o callar sobre el uso que hacen, si se les pregunta. Si les pides usar esos recursos en clase, recurren a trucos diversos, como el duplicado de cuentas, promtear en chats paralelos... Pero casi siempre dedican una sola instrucción para resolver la consulta. Esa instrucción suele ser concisa, sin una estructura gramatical cuidada y sin contexto ni precisión. 

Cuando el docente les propone usar la IA de una forma pautada, les cuesta hacerlo, les requiere un reentrenamiento de destrezas, pese a moverse en un medio digital continuo. Hay que tener en cuenta que usan la tecnología de forma natural, sin tutelas, y casi siempre bajo reglas sencillas y usos instantáneos, sin apenas arbitrio de una lenta digestión de contenidos. El medio digital para ellos es rápido, en constante movimiento, eminentemente audiovisual, ligero de contenido, de significados difusos y contradictorios, sin necesidad de comprobación o testeo. 

Cuando el docente les propone un uso pausado y pautado, con control de tarea, evaluación más allá del mero resumen o análisis copiable, les agobia. Les obliga a ir a 20 por hora cuando siempre lo han hecho a 180. Ver, copiar y a otra cosa. Ese llamémosle scrolleo constante afecta a su forma de aprender. 

Cuanto mayor es la competencia del estudiante, menos usa la IA generativa para copiar y pegar, y si lo hace, su uso es más inteligente. Inteligente en doble sentido: sabe usarla mejor para que le ayude en tareas complejas y sabe usarla eficazmente -quizá mejor que el docente- para hacer tareas de quita y pon. Una baja competencia supone también un uso rudimentario y torpe de la IA. Hay que tener en cuenta que se trata de una herramienta que usa lenguaje natural y una estructura lógica en su respuesta, y que necesita contexto para que esa respuesta sea fina y detallada, adaptada a las necesidades del usuario. Para que una IA me haga lo que yo quiero, primero debo saber qué quiero y cómo expresar mi consulta. Y ese es el problema de muchos estudiantes, no saben plantear la pregunta correcta a un problema o reto. No hay lectura previa al prompteo.

No podemos saber cuánto usar la IA, pero lo hacen, e intuimos que ya es habitual, aunque selectivo y breve si se trata de tareas educativas. El uso cotidiano es más común que el educativo. Consultas fugaces, de dudas sencillas, de apoyo emocional y de ocio son la pauta habitual en el consumo de IA generativa entre adolescentes. Y ese uso ha pasado del texto a la imagen y el vídeo. Los estudiantes que ahora empiezan la ESO tienen ya hábitos asentados de uso de la IA generativa, que aumentarán durante los 4 años de estudios en Secundaria, y lo hará fuera del aula, sin criterios técnicos ni éticos, ni control parental. Toda tarea que les suponga un esfuerzo adicional y tiempo prolongado intentarán realizarlo mediante la mediación de una IA generativa, casi siempre sin filtros de lectura y comprensión. 

Por ahora, su percepción de la IA en el aula es escéptica y molesta. Lo ven como si les tocaras un espacio de picaresca que creen pertenecerle. No les gusta que el docente use IA en el proceso de enseñanza, y muchos lo ven como una intrusión o un juego del ratón y el gato. Perciben que la mayoría de docentes no saben usar la IA sin que ellos logren esquivar el copia y pega. Los cambios metodológicos del docente son escasos, y persiste la tarea fácilmente reproducible con IA. Esto facilita la pregnancia de rutinas tóxicas en el proceso de aprendizaje. Los docentes que empiezan a reaccionar a esto lo hacen a menudo a la defensiva: Pues dejo de mandar tareas para casa. Y si las hacen en el aula, me aseguraré que el móvil no ande cerca. Vuelta al examen clásico, algunas tareas orales (cuyas presentaciones les hará Canva con ayuda de la IA) y poco más. El panorama didáctico es regresivo. Numerosos docentes sienten impotencia ante esta nueva situación y acaban colocándose en una posición de autodefensa. 

La formacion en uso didáctico de IA generativa es aún escaso, centrado mucho en contenidos teóricos y generalidades de uso. Pocos docentes vienen testando desde hace años esas herramientas. Es ahora cuando algunos podemos evaluar su impacto, posibilidades y límites, posible evaluación y ajuste en la práctica docente. Va más rápida la mejora de los productos de IA generativa y su impregnación en los hábitos cotidianos de los menores que el aprendizaje del docente. 

La batalla se sitúa en dos flancos, el institucional y el didáctico o formativo. El institucional busca una regulación que permita un uso controlado y regulado, con criterios de seguridad, privacidad y ética de mínimos. El formativo requiere un lento acomodo del docente a un nuevo ecosistema de aprendizaje que a menudo les repele e incomoda, pero que irremediablemente les acaba afectando en el aula. La tendencia a los extremos -prohibir o usar sin criterio- es consecuencia de la falta de formacion y una serena gestión de la incertidumbre. Es previsible que esas dos velocidades, la del menor en su vida cotidiana y la de la formación del profesorado, sigan siendo ampliamente distantes. 

La tentación a prohibir y tender al cómodo e infértil recurso a la nostalgia del aula sin pantallas será sin duda eje de muchas políticas educativas. Pero el problema persiste fuera del aula, afectando a las competencias del estudiante y a sus hábitos cotidianos y percepción del mundo. La burbuja de un aula analógica es más bien un narcótico contra lo inevitable. Tarde o temprano hay que coger el toro por las astas. Arbitrar una política educativa serena y proactiva, no cortoplacista y complaciente con familias y docentes impotentes, que delegan en la norma, a la espera de que ésta resuelva los múltiples frentes abiertos a pie de aula. 

Todos sabemos qué poder hacer, pero hacerlo requiere el arbitrio de una voluntad conjunta. Formarnos en comunidad, implicar a las familias en ese proceso y exigir madurez a las instituciones. ¿Quién se apunta? Nada se consigue sin esfuerzo, replican los docentes ante la cultura de lo fácil. Pues bien, mejorar la educación también requiere de esfuerzo, el nuestro, el de todos. 

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Este artículo ha sido redactado al 100% por mí. La única fuente externa utilizada ha sido el informe del INE. A partir de mi artículo, he volcado los contenidos del mismo en Gemini para que me genere la cabecera y la infografía. Los diferentes formatos de análisis (presentación, podcast, vídeo...) están generados en un cuaderno de NotebookLM.

Comparto estos materiales aquí abajo. Todos ellos responden a los contenidos e ideas manifestados por mí en el artículo.



Infografía generada con IA a partir de los contenidos de mi artículo

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